
Reseña
Hay muchas formas de nombrar una ciudad. Sobre Ingrid Hernández en el Centro de la Imagen
por Constanza Dozal
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Hay muchas formas de nombrar a la ciudad donde supuestamente comienza la patria e Ingrid Hernández ha encontrado unas cuantas. Son formas refrescantes que se inscriben y al mismo tiempo van a contrapelo de cierta tradición documental de la fotografía mexicanagarrita. “Tijuana, donde estaba el restaurante de mi familia. Tijuana, cerca de 500 maquiladoras activas. Tijuana, ahí nació mi hija. Tijuana, 300,000 cruces diarios por la garrita. Tijuana, con más homicidios que gran parte del país. Tijuana, donde me crié junto a mi abuela. Tijuana, siempre periférica, primera ciudad de Latinoamérica”¹.
Ingrid Hernández: 20 años de arte _Under Construction_, que se presenta en el Centro de la Imagen hasta el 9 de agosto –después de ocupar las salas del Centro Cultural Tijuana (CECUT) el año pasado–, también habla de otra Tijuana. Se refiere a un permanente estado de construcción y transformación, una forma de hacer con la cual se rescatan y reutilizan materiales que cruzan y habitan la frontera para acumularlos en múltiples capas: un estado intrínsecamente tijuanense por el que la artista se ha interesado a lo largo de su trayectoria.

Así como puertas de garaje y electrodomésticos devienen paredes de casas, llantas de trailers se transforman en escaleras playeras y cajas de cartón se vuelven cabeceras, lo que parece una solución momentánea se vuelve un estilo de vida permanente, como quien se queda a vivir en una ciudad a la que llegó de paso.
Under construction demanda más atención que otras exposiciones por la gran cantidad de imágenes y textos que presenta: trece núcleos se apretujan dentro de cuatro salas del museo. Se presentan de manera cronológica: el recorrido comienza con Outdoor y Tijuana comprimida, las series con las que la artista se introdujo en la fotografía –tras ser parte de producciones cinematográficas y estudiar sociología– y termina con Sedimentaciones, proyecto que finalizó el año pasado. Es interesante cómo una cronología de trabajo personal también nos habla de las transformaciones de la fotografía digital desde un aspecto técnico: las imágenes aumentan de tamaño progresivamente, empezando con impresiones pequeñas, obedeciendo a la calidad de imagen disponible en el 2003, para finalizar como vinilos que ocupan toda una pared y fotografías de casas que bien podrían imprimirse a tamaño real, acordes al superávit tecnológico del 2026.

En las obras de Ingrid Hernández no hay ningún rostro o figura humana². Si las pensamos como fotografía documental, resulta extraño, pero si pensamos su trabajo como una práctica social, que parte de la escucha y del diálogo, resulta casi obvio. Las personas se presentan en los relatos que acompañan las imágenes, los textos son tan importantes como las fotografías.

La decisión –indudablemente política– de evitar capturar retratos responde a un deseo por desviar la atención de las personas hacia el ambiente, el territorio y los espacios que habitan. Ella es una forma de evitar la exotización de quienes viven de una forma diferente a la propia, así como alejarse de la pornopobreza y de la etnografía, escudar su dignidad. Pienso que la práctica de Ingrid actualiza una tradición documental que predominó en la fotografía nacional durante décadas –e incluso definió la creación del propio Centro de la Imagen–, evitando sus clichés más peligrosos al construirse desde relaciones horizontales, el cuidado de redes colaborativas y el acompañamiento.

Acompañar, según la RAE, puede significar “estar o ir en compañía de otra persona, existir junto a otra, participar en los sentimientos de alguien”. Aunque sea imposible confirmar si todas las series se generaron así, creo que las fotografías de Under construction tienen la capacidad de situarte en los espacios que presentan, de hacerte participar en la vida de quienes Ingrid ha visitado.

Uno de los principales intereses de la artista es la frontera permeable entre lo interior-exterior, lo público-privado, lo doméstico-comunitario. En el complicado pasillo de salas del museo, que te obliga a recorrer las exposiciones dos veces, de ida y de vuelta, encontramos un ejercicio museográfico que redunda en ese interés. El diseño, de la mano de Adalberto Charvel, sugiere una casa como las que fotografía Ingrid, con paredes de aluminio, espacios estrechos y obras flotadas a la manera de ventanas. Al exterior de la casita, encontramos las series de comunidades o barrios de Tijuana, y dentro de ella, vemos paisajes interiores de las casas en la frontera o en ciudades como Nueva York y Bogotá. La casita es una solución astuta que permite una transición fluida entre series al tiempo que resuelve restricciones de espacio. Sin embargo, en ocasiones es difícil distinguir el fin de una serie del comienzo de otra, lo que dificulta la lectura de algunos textos por el tamaño al que quedan reducidos.
En contraesquina de la casa, recordamos que Tijuana queda muy lejos de la Ciudad de México gracias a tres puertas de garaje californianas que se trajeron a la capital para que entendamos su escala. Me divierte pensar en una obra que al mismo tiempo funciona como adaptación de contenidos para un público descontextualizado y gesto duchampiano que coquetea con la instalación.

Destaca otra pieza monumental que se inclina hacia las prácticas relacionales. Taquiza para 350 personas es un mantel-estandarte lo suficientemente grande como para sentar a tanta gente, comisionado originalmente por Marta Palau para la III Bienal Internacional de Estandartes del 2004. El menú incluyó picadillo, birria, mole, chicharrón y se extendió por seis horas. Lo que hace 22 años era un blanco prístino y el rojo vibrante del agua de jamaica, ahora son un crema delicado y un trabajo de manchas con la pátina del recuerdo de una buena sobremesa. Curioso pensar cómo me hablaron de las comidas de Rirkrit Tiravanija en cada año de mis estudios de Historia del Arte y a nadie se le ocurrió mencionar también a Ingrid Hernández.
En el texto curatorial, firmado por Daniela Lieja Quintanar y Rosela del Bosque, se menciona que la exposición celebra su práctica como “una de las figuras clave en el arte contemporáneo mexicano, internacional y transfronterizo”. Ahora me pregunto si sería mejor incluirla en la clase de foto o en la de artes visuales, o combinar ambos currículos.
Translated to English by Luis Sokol
1: Algunas frases de este párrafo surgen de una entrevista que tuve con Ingrid Hernández mientras recorríamos su exposición. Agradezco sinceramente a Ingrid por su apertura y una conversación estimulante.
2: Cierto, hay personas en los registros de performances, en la sección dedicada a su archivo como gestora, educadora, artista y curadora, o en los registros de exposiciones, pero obviamos esas imágenes al categorizarlas como “documentación” y no como “obra”.
Publicado el 30 jul 2026