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Iba de la mano de mi madre la primera vez que visité la exposición Líneas de fuga de María Ezcurra en el Museo de Arte Carrillo Gil. Era un sábado a la hora de la comida y la sala estaba vacía salvo por los grandes y estridentes cuerpos textiles en tensión, el montón de zapatos volando como parvada, la casa hecha de maletas y los vestidos de quinceañera suspendidos, en espera. La muestra es la primera retrospectiva de Ezcurra y llamó mi atención desde un inicio por la versatilidad de formatos y ejes temáticos que atraviesan el género, la migración, la ecología y los lenguajes simbólicos de los materiales. Sin embargo, es en este último punto en donde encuentro la genialidad de su trabajo y la capacidad para evocar sensaciones tan personales y situadas que cautivan y perturban a la vez.
Para mí, sucedió mientras transitaba Reflexiones, una instalación hecha de cobijas de emergencia que brillan y reflejan como miles de espejos suaves, formando lo que se siente como un interminable pasillo en zig-zag. La pieza hizo presente una de las sensaciones más incómodas y familiares que compartimos mi madre y yo desde siempre: perseguirnos como a fantasmas. El ectoplasma, la melancolía y el duelo se hicieron materia estando ahí. Después de recorrerla un par de veces, ambas concordamos en que, detrás de la sencillez técnica de la pieza, había algo que se inmiscuía en la piel. ¿Dónde (si es que hay) está el truco?

Un par de semanas más tarde, en una videollamada con la artista, se me reveló el secreto: “no me gusta trabajar con la hoja en blanco (...) me interesan las remanencias de los objetos y las detonaciones sensoriales que provocan en el cuerpo”. Esa intención se hace evidente a lo largo de la exposición, curada por Nuria Carton de Grammont y Fernanda Ramos Mena. En Stocking Room, por ejemplo, la artista nos adentra en un muestrario de pantimedias expuestas sobre tres muros que forman una “u” y que pueden evocar tanto el morbo de una tienda erótica como una humorística crítica feminista. Su ambigüedad no recae en el discurso, ya que los textos curatoriales se encargan de comunicar un posicionamiento crítico con claridad, sino en la sutil participación de la artista que permite que los objetos hablen por sí mismos.
Conversando sobre piezas como Tensión y Patterns, hechas de medias de colores tensadas con aros y piedras, María me contó que usualmente se detonan dos sensaciones en el público: el recuerdo de la opresión y el enaltecimiento del deseo. Esto depende de si la persona ha sido quien usa las medias o quien sólo las ve. Más allá de la evidente dimensión política sobre el género y el sexo, encuentro estimulante la forman en la que Ezcurra puede erigir contundentes antimonumentos feministas que, a su vez, evocan fantasías eróticas para el malegaze. Esa versatilidad es un caleidoscopio por donde mirarse a une misme. Y un riesgo que vale la pena.

Hay un dilema entre la nitidez retórica y la pluralidad estética que forma parte de una negociación amplia que atraviesa el arte contemporáneo socialmente comprometido. Por un lado, hay obras como Guardarropa del ama de casa perfecta (serie fotográfica en la que la artista se retrata perdiéndose como parte del mobiliario para satisfacer al hombre cis-hetero-blanco-etc) donde la experiencia estética es ilustrativa y pedagógica. Su accesibilidad y frontalidad son útiles, como una lección sobre patriarcado básico, pero a cambio entorpece una lectura que vaya más allá de la moralidad. Por otro lado, obras como Reflexiones, Tensión y Stocking Room dejan el campo más abierto y posibilitan experiencias poético-sensoriales más diversas a cambio de ser más dependientes de la capacidad de la audiencia para hallar el hilo. En ambos acercamientos hay un compromiso ético por parte de la artista y la curaduría, entonces, ¿cuál tiene más peso político en el arte hoy en día?, ¿la nitidez retórica o la pluralidad estética?

En el trabajo de Ezcurra, la respuesta no está en la dicotomía, sino en el péndulo de las hibridaciones. Mientras que las instalaciones se desbordan en mediaciones con el equipo operativo del museo, los procesos de investigación se cristalizan en piezas objetuales. El montaje se entrega resuelto, pero la exposición se niega estar quieta, expandiéndose en un programa público que es nombrado con la misma jerarquía que las obras expuestas. Este regreso de María Ezcurra a la escena artística mexicana es pertinente porque ofrece un espacio fértil para seguir pensando en el arte social y políticamente comprometido; para poner en práctica sus lenguajes y formatos; para continuar imaginando los roles del arte frente a la realidad del contexto que lo envuelve. Ahora, mientras mi madre y yo seguimos desenmarañando lo que significa perseguirnos como a fantasmas, el arte contemporáneo puede pensar cómo recibir este regreso.
Publicado el 21 jul 2026