Tiempos extra. Sobre "Al balón le vale m*dres" en La Quiñonera

Reseña

Tiempos extra. Sobre "Al balón le vale m*dres" en La Quiñonera

por Alejandro Tenorio

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El Mundial de Fútbol en México se nos quiso vender desde la promesa de modernización y fiesta nacional, si bien lo segundo sigue en curso, en lugar de proyectar estabilidad y prosperidad para el país, se han evidenciado con mayor nitidez las grietas y duelos que hemos estado gestando como sociedad en los últimos años. En ese tono, la actual exhibición colectiva en La Quiñonera, Anti FIF4 Fan Fest: Al balón le vale m*dres —organizada por el colectivo MalPaís y curada por Patricio García Formentí, Mario Stoylov y Ana Sofía Esteva— usa el mundial como punto de partida para diseccionar síntomas políticos y sociales que el espectáculo intenta ocultar por todos los medios.

A diferencia de las decenas de exposiciones que ha dado lugar el mundial en la Ciudad de México, este proyecto realmente no tiene como temática "arte y fútbol", sino un ejercicio de recuperación y politización de lo público. Los curadores lo entienden como dispositivo cultural que produce, media y condensa sentidos. En esa línea, no hay que detenerse a ver las obras que conforman la muestra como una colección de objetos sobre el fútbol, sino como la suma de dolores y denuncias que convergen por el mundial: precariedad, despojo y violencia sistémica.

En este caso, hablar del presente como categoría de análisis es de gran utilidad, ya que esta exposición disputa su relato con la FIF4. México atraviesa una coyuntura crítica marcada por la desigualdad, la violencia y un complejo escenario geopolítico —genocidios y amenazas injerencistas—; ante esto, la FIF4 no sólo organiza un torneo, produce un relato sobre nuestro tiempo. Busca imponer una temporalidad de celebración, consumo y consenso, a la cual este proyecto trata de oponerse. Siguiendo a Giorgio Agamben, es "contemporáneo" aquel que no coincide enteramente con su tiempo ni se adapta a sus pretensiones, siendo esa distancia lo que le permite mapearlo con lucidez. Encuentro dicho gesto en la propuesta curatorial, pues frente al “presente” de euforia que escenifica la FIF4, las piezas introducen un anacronismo: el del dolor nacional. Con ello se confronta al ente deportivo y a otros agentes que sostienen el mismo relato institucional: gobierno, televisoras, casas de apuestas y megacorporaciones.

Mario Stoylov señala en el texto curatorial: “Quiérase o no, el fútbol está con nosotros, es parte de este curioso adjetivo que se le pone al arte: lo contemporáneo. El fútbol también está en o con el tiempo. Él no está en un lugar, pues al existir en el tiempo, está en todas partes. (…)”. Más que convertir al fútbol en objeto de estudio, la muestra lo utiliza como un condensador de distintas temporalidades. Bajo esta premisa, cada obra acuerpa diferentes síntomas sociales, muchos de ellos urgentes y difíciles de digerir.

Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel
Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel

Preocupaciones en torno a la violencia de género se hacen presentes en obras como ¡Quieres más a tu pinche pelota que a mí! de León Chavez y Guardapolvos de María Ezcurra. Ambas capturan pedazos domésticos de la familia tradicional mexicana, donde el fútbol configura el hogar lo mismo desde la alegría que desde el terror. Asimismo, la crisis de los desaparecidos irrumpe con crudeza en la playera de una madre buscadora, +133 desaparecidos, presentada por Elsa Oviedo, y en Lo que en verdad importa, de Gerardo Olivier, un Estadio Azteca de cartón que funciona como osario civil cubierto por fichas de personas desaparecidas. Colocar estos testimonios en el centro de la mirada produce disonancia, un desfase que para quienes están siendo nombrados significa más tiempo.

Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel
Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel

También hay síntomas expresados en trabajos que abordan el fútbol de forma tangencial, pero cuya presencia resulta fundamental porque amplían el horizonte crítico desde el cual la exposición cartografía el presente. Tal es el caso de Resquicios del paisaje, de Arantza Hernández, una instalación de tierra y pasto natural que reflexiona sobre el sistema retráctil del nuevo Estadio Santiago Bernabéu y cómo, mediante sus bandejas, permite almacenar y conservar el césped bajo tierra para maximizar su rendimiento. En lugar de hablar directamente del fútbol, la obra desplaza el foco hacia la infraestructura que lo hace posible, poniendo en evidencia una lógica de domesticación de la naturaleza. Hay propuestas que ni siquiera contienen referencias al fútbol y, sin embargo, el contexto expositivo les permite adquirir esa resonancia y potenciar otras obras. Por ejemplo, Bandera de estacionamiento de alta calidad, tecnología alemana, de JOS SML, donde la estructura de concreto y varilla remite a los restos de una modernización urbana fallida, lo que termina por acentuar un imaginario visual de reapropiación del espacio público.

Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel
Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel

No obstante, este mapa de pronunciamientos no está exento de riesgos. En algunas piezas la denuncia es tan directa que corre el peligro de fetichizarse. Y es que cuando basta con nombrar la injusticia para que una obra se dé por lograda, deja de operar como instrumento de pensamiento y pasa a ser objeto de consumo moral, un simulacro que el espectador —ideológicamente afín— reconoce y aprueba sin que le genere preguntas. Esto se traduce en piezas que caen en el maniqueísmo "revolucionario", usando iconografía de regímenes comunistas y agrupaciones militantes que, para 2026, ya deberían ser revisitados por la nueva izquierda; no por su origen, sino por su deriva verticalista.

Sin embargo, estos sesgos individuales —aplicables a determinadas propuestas— no opacan la potencia del conjunto. A fin de cuentas, podríamos decir que son también un síntoma; hay agentes culturales que sienten la necesidad de politizarse no por un impulso crítico, sino porque lo han aprendido como dinámica legitimadora. En todo caso, la exhibición, al incluirlos, logra cartografiar exitosamente un presente complejo.

Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel
Vista de la exposición “Al balón le vale m*dres”, La Quiñonera. Cortesía de MalPaís. Fotografías: Clara Miquel

Que la muestra ocurra en La Quiñonera es un posicionamiento político fundamental, pues este espacio se ha caracterizado por generar propuestas en torno a comunidades más allá del circuito del arte. Desde ese lugar de enunciación, la exhibición visibiliza lo que la narrativa oficial intenta ocultar, y convierte ese ocultamiento en oportunidad para existir desde el margen. Por ello, el valor de Anti FIF4 Fan Fest no reside en agrupar discursos políticos transformadores, sino en evidenciar la tensión entre la multiplicidad de ellos. En ninguno de ellos, el fútbol se plantea como solución o remedio al dolor; la exposición lo tiene claro y lo usa más bien como medio para insistir en que ese dolor pesa y persiste.

Por eso mismo, sería un error juzgar esta muestra a partir de las posturas de artistas puntuales y no por lo que realmente consigue: abrir un espacio incómodo, horizontal y necesario. Recorrer la exposición y participar en sus actividades semanales constituye una operación política clave para estirar su momentum anacrónico. Es pertinente habitar este tipo de espacios porque, más allá de contemplar arte, implica interrumpir el flujo de los relatos institucionales —empresariales, gubernamentales y culturales— dando continuidad a una disputa por el presente.

Alejandro Tenorio

Publicado el 10 jul 2026