
Ensayo
por José Imanol Basurto Lucio
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Espacio vientre de Delcy Morelos, en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), propone la posibilidad de un trato gentil con la tierra. Se trata de una instalación de sitio específico producida a partir de una serie de visitas de la artista colombiana al territorio mexicano. La muestra, curada por Daniel Montero y Alejandra Labastida, es una declaración de intenciones frente a la crisis planetaria, que actualiza un debate sobre los enredos entre suelos, humanos y ecosistemas.
Para ingresar, el visitante atraviesa un túnel que lo lleva al centro de un conjunto de terrazas concéntricas y escalonadas. El espacio describe la tierra como una entidad feminizada/fértil. Al entrar, uno puede sentir el súbito cambio de la temperatura, una corriente de aire frío cubre la piel. El gusto y el olfato se adaptan para notar la sutileza de un sabor terroso que se matiza conforme se recorre la instalación. La vista se orienta al detalle que conduce a notar las variaciones de los diversos (des)acomodos del sustrato y sus plantas. Quien visita está rodeado y sobrepasado por un ente que respira y nos muestra su fuerza a través de diversos canales sensoriales.

Espacio vientre, a pesar de sus buenas intenciones y su puesta en juego de un régimen estético distinto, participa de la lógica del monocultivo: en el montaje se reproduce una operación de dominio y desinterés por las agencias no humanas en juego. El monocultivo es una práctica agrícola-industrial basada en la depredación de territorios para la producción estandarizada de cosechas de alta demanda. Este método tiende a la homogeneización de ecosistemas heterogéneos: las plantas, suelos, organismos y cuerpos humanos que habitan el terreno son reducidos a mercancías intercambiables, dóciles y carentes de singularidad, redimidas ante una voluntad humana que clama poder sobre ellas¹.
Delcy Morelos toma en su repertorio de citas visuales al sitio arqueológico del Caral, en Perú. No obstante, sus terrazas concéntricas nos remiten a otro sitio localizado en la misma zona andina: El Moray. El Moray fue una infraestructura agrícola que empleó andenes y camellones para la producción de cultivos diversificados dispuestos en distintos niveles². Este tipo de prácticas de policultivo continúan en la actualidad a través de un proceso dinámico de larga duración, en donde se relevan tanto saberes ancestrales como indígenas-campesinos³,⁴. Bajo estas circunstancias es que se negocia una relación con los territorios: se articulan temporalidades y necesidades de las diversas agencias que participan de la siembra.

En la instalación de Morelos, las ausencias discursivas parecen desestimar la importancia de los cuerpos no humanos con los que la artista colabora: la tierra y las plantas. En primer lugar, se práctica un monocultivo inconsciente. En Espacio vientre ya habitan lo que parecen ser tímidos brotes de plantas de chía. De ser así, se ha suplantado la riqueza botánica de los camellones andinos por la homogeneidad del cultivo de una sola especie vegetal de bajo mantenimiento, cuyas semillas participan de una red comercial transnacional de carácter industrial⁵.
En un segundo momento, se presume que las condiciones lumínicas y de humedad de la sala no están “reguladas” por los sistemas artificiales de ventilación e iluminación del museo. No queda claro si se espera que las necesidades de la tierra sean cubiertas por la incipiente luz solar filtrada por los tragaluces del techo. Al tratarse de un ecosistema frágil en donde habitan especies vegetales y cuerpos de tierra, la discursividad de la exposición tendría que atender a esos asuntos prácticos y concretos del bienestar del conjunto.

En mi visita (a dos semanas de la inauguración) me encontré con que los montículos estaban desecados, desmoronándose paulatinamente⁶. En los textos de sala no se establece si existirá un protocolo de riego para favorecer su firmeza y prevenir su erosión. Algo que sí se indica es que la instalación está hecha con suelo fértil utilizado para el cultivo de maíz en una comunidad aledaña. Dicha comunidad permanece anónima en el discurso, su nombre no es enunciado. Esa información sería crucial si es que ocurre un eventual proceso de devolución de la tierra. Aún así, permanece la incertidumbre de si el sustrato será utilizable después de nueve meses de trato, en apariencia, negligente⁷.
Ante la emergencia de proyectos artísticos que siembran vida en el inhóspito territorio museal, se requiere de protocolos de intervención integrales que atiendan de forma respons-hábil a las entidades más que humanas que se dan encuentro en la sala. Estos protocolos deben ser nombrados en el discurso, de otra manera se performa una suerte de dominio de baja intensidad. Resulta paradójico, para los fines mismos de la instalación, que se escenifique un comentario sobre las relaciones humanas con el suelo, al tiempo que se ignoran las necesidades de este y de las plantas que ya germinan en él. No se trata de objetos inertes que son exhibidos ante una mirada contemplativa, sino de agencias/sujetos que coproducen la experiencia estética y solicitan cuidados para su subsistencia.
Una pregunta por los cuidados en el arte está germinando. Cuando se desestiman las necesidades de aquellos no humanos involucrados en procesos artísticos (como sucede con la instalación de Morelos), se genera un arte del monocultivo. Es decir, se incentivan procesos homogeneizantes y soberanos que manipulan otros cuerpos. En este caso, el arte del monocultivo utiliza a las plantas y la tierra como materiales inertes y dóciles, dispuestos para ser intervenidos, moldeados y expuestos sin ninguna consideración por lo que requieren para prosperar.

Sabemos que en el caso de las plantas y los suelos no se trata de materiales inertes, sino de agencias creativas. En la ciencia botánica ya se habla sobre las facultades cognitivas de las plantas, Stefano Mancuso realiza protocolos de investigación científica para establecer tales aptitudes. Para preservar su vitalidad, los organismos vegetales despliegan un conjunto de estrategias de lectura, intervención y decisión sobre sus ecosistemas; se vuelven agentes⁸. Ocurre algo similar con la tierra, Laura Tripaldi pone en entredicho el estado inerte de estos materiales al señalar su “inteligencia,” presente en su recursividad físico-química. Esta les permite operar como un sistema autoorganizado que percibe y responde en función a sus condiciones ambientales⁹.
En Espacio vientre se práctica una retórica material-objetual que elude las responsabilidades humanas para el sostenimiento del delicado ecosistema relacional producido en el marco de la instalación artística. Sin embargo, este señalamiento no debe ser leído como un escrache, sino como una sugerencia para que un saber sobre los cuidados en el arte florezca. Insistir en los cuidados no es sinónimo de imponer un imperativo moral ni performar una vigilancia punitiva. Es, más bien, una invitación a sostener en el discurso una incertidumbre ética.
Una incitación: es posible habitar y representar el vértigo de no saber si se está haciendo lo suficiente por aquellas agencias convocadas en la obra y, aún así, buscar cuidarlas. Lo anterior implicaría nombrar los procedimientos y mostrar los esfuerzos (colectivos e individuales) empleados para garantizar el bienestar de aquellos no humanos que colaboran y crean. Se trata de hacer e insistir en otras artes cada vez más justas, que desacaten a la soberanía sobre lo no humano y las lógicas del monocultivo.
1: Cfr.: Anna Lowenhaupt Tsing, The Mushroom at the End of the World (Princeton, 2021), 38-40.
2: S. R. P. Halloy, R. Ortega, K. Jagger y A. Seimon, “Traditional Andean Cultivation Systems and Implications for Sustainable Use,” Acta Horticulturae 670 (2005): 12. 31-55.
3: Elvis Parraguez-Vergara, Beatriz Contreras, Neidy Clavijo, Vivian Villegas, Nelly Paucar y Francisco Ther, “Does indigenous and campesino traditional agriculture have anything to contribute to food sovereignty in Latin America? Evidence from Chile, Peru, Ecuador, Colombia, Guatemala and Mexico,” International Journal of Agricultural Sustainability (2018). DOI: 10.1080/14735903.2018.1489361.
4: Francisco Javier Rendón-Sandoval, Ana Isabel Moreno-Calles, Perla Gabriela Sinco-Ramos, Mariana Vallejo, Luis Felipe Arreola-Villa y Alejandro Casas, “Peasant’s Motivation for Managing Plant Diversity in Traditional Agroforestry Systems from the Tehuacán Cuicatlán Valley, México,” en Biodiversity Management and Domestication in the Neotropics, ed. Alejandro Casas, Nivaldo Peroni, Fabiola Parra-Rondinel, Veronica Lema, Xitlali Aguirre-Dugua, Edna Arévalo-Marín, Hernán Alvarado-Sizzo y José Blancas (Springer Nature Reference, 2025), 2-3.
5: Resulta difícil identificar la especie vegetal, sin embargo, así fue referido por un facilitador pedagógico del MUAC. La posibilidad de que se trate de plantas de chía es alta, tomando en cuenta la apariencia de los brotes y el historial de la artista, quien ya ha utilizado tales semillas en otras instalaciones. Ver: Delcy Morelos, “Ha habido una dictadura de la visión en las artes plásticas,” entrevistada por Mariana Toro Nader, Ethic, 18 de junio, 2024, https://ethic.es/2024/06/entrevista-delcy-morelos/.
6: Lo anterior fue señalado por un custodio de sala, quien me previno de no acercarme demasiado pues ya han habido incidentes previos con desmoronamientos esporádicos.
7: La exposición estará expuesta hasta el 7 de julio del 2026, la duración de 9 meses hace alusión al tiempo de gestación durante el embarazo.
8: Cfr.: Stefano Mancuso y Alessandra Viola, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal (Galaxia Gutenberg, 2015).
9: Laura Tripaldi, Mentes paralelas. Descubrir la inteligencia de los materiales (Caja Negra, 2023), 134.
Publicado el 8 feb 2026