
Reseña
por Constanza Dozal
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En la Ciudad de México nos encanta jugar a quién es quién: quién está en la última exposición, quién sabe dónde está ese bar, quién conoce a la tía del amigo del hermano del coleccionista que te puede prestar una obra, quién arregló el mentado sistema de aire acondicionado del museo.
La exposición Columna Rota, que se presenta en el Museo de la Ciudad de México hasta el 1 de marzo de 2026, lleva ese juego al máximo. El curador-organizador, Francisco Berzunza, convocó a sus amigos para crear, financiar y presentar la muestra, que requirió una inversión considerable para la producción de piezas comisionadas y la remodelación de múltiples salas.
El aire acondicionado se menciona en el cuadernillo que acompaña la muestra, junto a otras escandalosas confesiones personales, comentarios sobre las obras y homenajes a amigos que ya no se encuentran con vida. La publicación explica el entramado afectivo que sostiene la exposición; siento una extraña combinación de suspicacia y admiración al leerla. Si la intimidad de la vida está tan entretejida en el proyecto, me pregunto de qué forma se le puede comentar sin que lo dicho se convierta en un ataque personal. ¿Cómo podría señalar los errores de quien rememora a amigos que se suicidaron y un par de páginas más tarde confiesa que lo ha intentado?
Me pregunto también por qué se insiste tanto en el valor monetario de las obras, los pagos que requirieron y las dificultades de gestión para la muestra, desafortunadamente similares a los retos enfrentados cotidianamente por los equipos de museos públicos.
Columna Rota se inspira en la pieza homónima de Frida Kahlo¹ y se presenta como una exploración temática a partir del sentimiento de rechazo. Reúne obras de más de cincuenta artistas, textos de más de veinte creadores y el esfuerzo colectivo de cientos de personas; parte del equipo de organizadores es mencionado en los agradecimientos.
Podríamos maravillarnos con la ternura y el compromiso que supone ayudar a un amigo o podríamos preguntarnos si es necesario tener amigos inversores para llevar a cabo un proyecto. Incluso preguntarnos qué tantos intereses del mercado hay a su alrededor. Pero también podríamos preguntarnos por lo que propone la exposición más allá de las anécdotas a su alrededor.

Quizá, la obra que más nos da pistas es ¿A dónde va la luz cuando se apaga? del colectivo Lagartijas Tiradas al Sol. La instalación presenta un escenario de madera y plantas de plástico, simulando un cuarto con paredes de colores sobre el cual se proyecta un video o toma escena un actor durante activaciones programadas.
En la pieza, una voz en off masculina se intercala con hombres y mujeres que han respondido a un casting: les observamos en algunas pruebas de interpretación, nos cuentan experiencias y sus motivaciones para acudir a la audición. La voz explica que de entre todos los tipos de artistas, el rechazo que sufren lxs actorxs es el más difícil de superar: cuando uno rechaza a una actriz, no se rechazan sus obras de arte, sino a esa persona, su apariencia, su forma de ser.
Por la manera en la que se construye el video, pareciera que te hablan a ti. Nosotros somos quienes les rechazarían o aceptarían, pero como en otros trabajos del colectivo, el límite entre la ficción y lo real es ambiguo. No queda claro si el casting fue falso, si los testimonios son un guión o si el texto es un ejercicio de dramaturgia. La instalación nos muestra suficiente de su puesta en escena como para hacernos dudar de ella.

La duda implica un cambio de perspectiva, dar un paso atrás para examinar la forma en que se construye algo. El espacio generado en ese desplazamiento hace posible muchos tipos de crítica y transforma nuestra experiencia. No obstante, es necesario conocer los códigos narrativos de ese algo para encontrar dónde se fractura.
Otras piezas dentro Columna Rota realizan un ejercicio similar a las Lagartijas, pero se podrían iluminar sus referencias de mejor manera. Se ensimisma y ensombrece lo que podría ser una formidable muestra de crítica institucional.

Hay obras en lugares caprichosos capaces de generar sorpresas, como la pintura de Nahum B. Zenil arriba del marco de una puerta o la pequeña instalación ─apenas 6 cm─ de Shilpa Gupta flotada en un murete. Otros lugares más bien eclipsan las obras, como sucede con El Gran Cometa de 1882 de José María Velasco; por la altura a la que se colgó, es imposible que cualquier persona con menos de 1.60 m de altura lo vea, no digamos une niñe o alguien en silla de ruedas ─como Frida─.
Aunque hay algunos desatinos, la experiencia al visitar la exposición se disfruta. En México, es poco común utilizar las obras para dividir las salas y así marcar el ritmo del recorrido. El montaje recurre a tal estrategia y aprovecha tanto los cuartos amplios como los techos de triple altura de su sede virreinal para crear pequeños ecosistemas. Sin otorgar un espacio cerrado a cada trabajo, deja a uno y a otro entrelazarse.

Con Swarm [enjambre] de Zein Majali me sucedió algo particular. La pieza es un video de animación donde seguimos a un camión, extrañamente parecido a un pesero, a lo largo de una frontera, a momentos desértica y a otros urbana. El paisaje podría confundirse con la línea del norte del país, si no fuera por la aparición momentánea de letreros con caracteres del alfabeto árabe. Incapaz de reconocer el escenario como la frontera entre Jordán y Palestina, caí en cuenta de que me hablaba de ambos límites hasta llegar a casa e investigar sobre la obra.
Hay piezas a las que es más sencillo aproximarse, como La blanda patria, una espectacular instalación monumental de José Eduardo Barajas que cubre el patio central del museo. Encontramos telarañas con gotas de rocío, paisajes acuosos y lo que parece ser una caja torácica. Podrían ser una referencia a vivencias personales del artista, una reflexión sobre su propia trayectoria², un comentario sobre el muralismo y la historia hídrica de la ciudad o un recordatorio ─dentro de una sede dependiente del Estado─ de los miles de cuerpos enterrados en el territorio nacional.

¿Queremos enorgullecernos de la resiliencia de la ciudad o descubrir que nos encontramos dentro de una fosa común? ¿Bailar con la música de Swarm o recodar las semejanzas entre el territorio palestino y el que habitamos? ¿Tomar las palabras de un actor rechazado como un relato personal o como una alegoría de lo colectivo?
Hay pequeñas anomalías y fracturas en las obras de la exposición que desfasan su aparente egomanía hacia una experiencia compartida, pero, más que establecer una conversación abierta, la exposición susurra y murmura. Sólo nos queda adivinar por qué esto es así.
En portada: José Eduardo Barajas, "La blanda patria", en la exposición "Columna Rota", Museo de la Ciudad de México. Foto: Tom de Peyret
1: A pesar de que Frida Kahlo posiblemente sea, la artista con dificultades de movilidad más conocida en el mundo, sólo hay asientos para descansar en una de las casi diez salas que ocupa "Columna Rota".
2: Pienso en la exposición que presentó en la galería Proyectos Multipropósito en 2023, donde cubrió el techo de un antiguo "callcenter" con una retícula de pinturas.
Publicado el 31 ene 2026