Saenger Galería presenta Atlas y el otro, una exposición del artista Robert Janitz en la sala principal, con curaduría de Tania Ragasol.

Según Homero, Atlas es el gigante que sostiene las inmensas columnas que separan el cielo de la tierra. Personifica las montañas, el paisaje, y simboliza aquello que soporta un gran peso. Esa imagen fue portada de la primera colección de mapas de la historia, razón por la cual hoy da nombre a grupos o recopilaciones de planos o cartas geográficas, así como a láminas y gráficos descriptivos de otro territorio: el cuerpo. Curiosamente, el nombre también refiere a la primera vertebra cervical, punto de unión entre cabeza y cráneo, misma que permite asentir para decir “si” o girar para decir “no”.

Los personajes de Janitz no asienten ni niegan, sin embargo, sus elocuentes nucas parecen estar detenidas con entereza justo al filo de otro plano-realidad, observantes. Más membranas que fronteras, las figuras de espalda no solo niegan el rostro, sino que teatralizan el acto de mirar como gesto cargado de riesgo ontológico. De alguna manera, dirigir la mirada o voltear a ver siempre ha sido una actividad peligrosa. En la mitología griega lo supo Orfeo cuando, al bajar al inframundo a rescatar a su amada Eurídice tras la picadura de una serpiente –y ante la amenaza explícita de Hades de no mirarla hasta haber salido totalmente– volvió la vista para ver si ella lo seguía y provocó su desaparición, condenándola al mundo de los muertos. O la mujer de Lot, quien –según el Génesis– fue convertida en estatua de sal tras voltear a contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra, durante su huida. ¿Qué pasa cuando somos vistos por “el otro”?

Quizá este estado intermedio sea el observatorio idóneo para aquello por conocer. O tal vez es una suerte de acercamiento contemporáneo, en zoom radical, a la rückenfigur del Romanticismo. Joseph Leo Koerner afirmó en 1990 que la figura de espaldas en la obra de Caspar David Friedrich no representaba a alguien, sino que constituía un dispositivo para que el espectador entrara en el paisaje. Si bien los “retratos sin rostro” de Janitz también funcionan como mediadores, más que contemplar la naturaleza e invitarnos a hacerlo, se inscriben en ella en fusión con lo que les recibe. Esto, más que público pasivo, nos convierte en cómplices cautelosos de una experiencia poderosa que está siendo, y en la que el otro aparece como presencia real nunca visible.

Aunque a primera vista este cuerpo de obra puede percibirse como espontáneo o minimalista, una vez que se descubre el sutil entramado de lógicas físicas y materiales precisas con el que Janitz da cara a experiencias de alteridad y comunión, encuentra, como espectador, un umbral. Entre mundo manifiesto y oculto, memoria y fugacidad, presencia y ausencia, subjetividad y pertenencia. A estos habitantes hirsutos lo acompañan los “volcanes-persona” y las “células” que buscan su lugar en planos de color a manera de curitas o elementos de construcción. Todos forman parte del mismo vocabulario, no para cargar de manera literal el mundo –como un peso eterno, sino para hurgar en la experiencia infinita de habitarlo. Existen en suspensión permanente, atrapados en una temporalidad distinta, sin resolución narrativa: esperan, contienen, construyen. Cada elemento parece no morar en un territorio claramente definido, sino existir en una condición de tránsito entre sujeto y objeto, abstracción y figuración, repetición y variación.

Es precisamente a partir de rituales de repetición y ritmo que el artista va otorgando materialidad a este mundo technicolor de cera, óleo y harina. Huellas de densidad material casi culinaria logradas por medio de pinceladas en loop, en proceso meditativo, hasta lograr la consistencia, veladuras, texturas y colores precisos. Quitar y poner, quitar y poner, como si la insistencia garantizara la continuidad. Para recordar que el trayecto es lo que da sentido al mundo que construimos, y que –a veces– permanecer en la zona liminal puede presentarse como una opción más excitante (¿y segura?) que cruzar la línea de llegada. Como observatorio para escapar momentáneamente de los horrores de la realidad global de este lado de la puerta, en espera de algo mejor del otro lado. O, al menos, imaginar un sitio en el que todo esté todavía tomando forma, encontrando su lugar. O en el que, como en el Aleph, todos los tiempos y todos los lugares sucedan a la vez.

Más allá de una representación formal o estética de un mundo, estas pinturas intentan describir la textura de la experiencia humana y reflexionar no tanto sobre la siempre pertinente pregunta de “quiénes somos”, sino acerca de cómo nos insertamos en nuestras realidades cambiantes –a veces excesivas y violentas. De cómo el afuera y el adentro pueden afectarse mutuamente de maneras menos discordantes. Para hablar de huella y memoria material, de lo que permanece y lo que se pierde, de lo ominoso y de la promesa de otros mundos más armoniosos y conectados.

— Tania Ragasol

Robert Janitz (Alsfeld, Alemania, 1962) estudió Historia del Arte y Sánscrito en la Universidad de Marburg. Docente en París durante más de una década, inició su carrera expositiva en 1996 y desde entonces ha presentado más de treinta muestras individuales en ciudades como Berlín, Nueva York, Londres, Los Ángeles y Ciudad de México. Su debut en el escenario latinoamericano tuvo lugar con las exposiciones Best of all worlds en Casa Gilardi (2021) y Janitz at Anahuacalli en el Museo Anahuacalli (2022). Su obra figura en publicaciones internacionales como Contemporary Painting (Thames & Hudson, 2021) y Painting Now (Thames & Hudson, 2015), y forma parte de colecciones como la Collezione Maramotti, la Hall Art Foundation y el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Representado por las galerías Canada (NY), König (Berlín, Londres y Seúl) y Saenger Galería (CDMX), Janitz reside en la Ciudad de México desde 2020.