En Sala:GAM se presenta Conteniendo el vacío, exposición individual de Blasto.

Representación del flujo de la energía. Blasto pinta las evoluciones de un fenómeno articulado por factores físicos y psíquicos, entendiendo a esa (la energía) como una sustancia eventualmente estable, y como instantes de percepción. Es materia lingüística que atraviesa cuerpos, espacios, climas, sistemas y sinestesia. Es experiencia estética que opera como un campo de condensación donde vectores emocionales, ambientales y de voluntad gráfica adquieren intensas pulsaciones.

Estas “alusiones” no buscan fijar un instante ni ilustrar un concepto, sino registrar las modulaciones de una fuerza que se manifiesta simultáneamente en el ámbito material y en el imaginario. En este sentido, su pintura opera como un ámbito de condensación donde vectores emocionales y —acaso— ambientales conducen la contemplación de horizontes de lenguaje abierto.

En la circulación perceptiva de este fenómeno, la experiencia de quien traduce esa energía en materia plástica y la de quien la recibe visualmente constituyen momentos de un mismo circuito.

La obra no concluye en el gesto pictórico, sino que continúa desplegándose en el acto de la observación, donde las relaciones entre color, ritmo, textura y accidente generan nuevas asociaciones y juegan con interpretaciones quiméricas. La energía representada es, al mismo tiempo, la energía que moviliza el proceso de significación.

Así, la pintura se expande como un acontecimiento lingüístico potencialmente dispuesto a fugas metafóricas. Como lo haría J. M. W. Turner, Pablo Picasso, Marcel Duchamp o John Cage.

Cada forma puede remitir a procesos biológicos, dinámicas atmosféricas, redes digitales, cartografías urbanas o estados afectivos, sin agotarse en ninguna de estas referencias. Configuraciones como una interfaz semántica donde distintos regímenes de lectura coexisten y se contaminan mutuamente, desplazando constantemente significado hacia nuevas posibilidades interpretativas.

Esta condición adquiere una resonancia particular en el contexto urbano posdigital, donde la experiencia cotidiana está mediada por codificaciones de información, datos, imágenes y estímulos. Pero también, a lo mejor, en un modelo psicodélico, prendido a cierta estética incorporada a la cultura visual global desde hace ya más de cinco décadas. Y acorde a esas cadenas de (groovy) asociación sensual, refiriéndose a procesos de indexación musical y/o gozosamente sonora: el imaginario del tecno y de la vibración rave.

La práctica de Blasto dialoga también con la categoría del automatismo. Ciertos surrealistas y Robert Motherwell pudiesen ser algunos de sus ascendentes. Como también las geografías del paisaje urbano, ese en el que Blasto intermitentemente marca lógica de circulación, transferencias y mutaciones que caracterizan tanto a la esencia graffitera como a la información disruptiva de quien se identifica único en el asfixiante anonimato citadino.

Las pinturas de Blasto evocan al humano milenario e infinito que estudió Carl Jung o Joseph Campbell. Y en efecto, una ecología de energías donde lo orgánico y lo artificial, lo sensible y lo computacional, lo individual y lo colectivo circulan en un estado de intercambio permanente.

En ellas, el flujo no constituye únicamente un contraste a la cuadrícula o a la parrilla, sino un principio que replantea la experiencia estética como constante de sentido de y para nuestra inteligencia... y también conteniendo el vacío.

—Guillermo Santamarina