
Entrevista
por Sofía Ortiz
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8 min
“Bailar es muy gozoso y me llena de alegría”, es lo último que me dice Michelle Sáenz Burrola al final de una plática enmarcada entre comer tostadas en el mercado y mi cita con la psicóloga. Aunque Michelle trabaja con video, objeto y performance, yo la conocí por fuera de las galerías y charlas arts; la conocí bailando. En el transcurso de nuestra conversación, llegué a entender su trabajo como una constelación en movimiento: una serie de intereses discretos interconectados por gestos e historias intuidas. También me viene la imagen de una gran pila de papel albanene visto desde arriba, de tal manera que se transparentan todas las capas y entendemos todas las ideas al mismo tiempo, una encima de la otra. En esta pila de papel –la obra de Michelle– todas las hojas tienen títulos como: Proyección de Mercator, Movimientos de gusanos, Rutas comerciales de la mandarina y Amor en las islas de la UNAM.
El proyecto que trabaja en este momento –mismo que le agradezco que me comparta con lo vulnerable que es hablar de algo en proceso– quiere entender cómo funcionan y qué hacen las mandarinas como símbolos y objetos en su obra.

Michelle Sáenz Burrola: Quiero poder articular una narrativa más personal con la mandarina. Es una fruta que apareció en mi vida como un fantasma. La empecé a usar cuando viví en Islandia, durante la maestría. Trabajaba en un supermercado y empecé a preguntarme por ellas desde un lugar muy intuitivo, por sus caminos y las rutas que tomaron para llegar a donde yo estaba. Poco a poco he ido complejizando mi relación con ellas y encontrando símbolos en cada una de sus partes: las membranas son como fronteras o la manera en que los gajos se separan de la misma manera que desdoblamos un cuerpo esférico para hacer un mapa.
Me muestra su video de tesis de maestría Aparecer en el movimiento de agua (2020) en donde una Michelle de pelo más corto, vestida con medias moradas, hace rodar fruta de un lado de una mesa a otro. En realidad son tres mesas que se ensamblan como rompecabezas montadas sobre ruedas y tienen la forma de un mapa de América continental trazado a mano alzada. Michelle se hinca de un lado de la mesa y pone las frutas a rodar de un extremo a otro; caen sobre el piso. “Son como cuerpos, o performers, viajando de sur a norte en sus rutas de migración”, me dice. En ese sentido, la mandarina es un stand-in para ella misma, una fruta tornada familiar (en el sentido brujil) que ella puede multiplicar y colocar en el mundo como boyas naranjas que cambian el sentido relacional entre las cosas.

Michelle saca una mandarina de bronce y la pone sobre mi escritorio. Nunca había sido confrontada con un cítrico devenido metal (¡viva el arte!), al tomarla siento el peso y noto las arrugas en los bordes de la piel. Es una pieza que hizo ex profeso para el proyecto que mencionó anteriormente, aquel que está gestando. En ese proyecto, dentro del marco de Jóvenes Creadores, tiende un puente entre la mandarina y la biblioteca central de la UNAM. Es un salto grande, pero justo son esos espacios metafóricos los que quiere hilar: conectar ideas muy grandes –el colonialismo del siglo XVI, por ejemplo, o el proyecto de nación impulsado por Vasconcelos– con la miscelánea del gesto y del cuerpo, como quitarse el brasier o arrastrarse por el piso como gusano.

Este proyecto en específico parte de la proyección de Mercator, la proyección cartográfica distorsionada que da la imagen de mapa mundial que todos conocemos en donde Groenlandia es casi del tamaño del continente africano. Un mapa que básicamente no ha cambiado desde su creación en 1569, una imagen fundacional en generaciones de personas que hemos aprendido a colocarnos en relación al espacio que propone. Pienso en la obra de Joaquin Torres-García, América invertida, en donde, con un gesto muy sencillo (voltear el mapa de Sudamérica) revela las relaciones de poder inscritas en los planos cartográficos: una orientación decidida desde la arbitrariedad de quien tiene el poder de nombrar el norte o el sur. Pensar en el mapa como una arquitectura del espacio global, misma que dicta dónde me agacho y por qué caminos puedo pasar.
MSB: Los mapas legitiman el control y movimiento de las poblaciones. Establecen jerarquías y modos de hacer –llámese cultura–, mismos que asimilamos en el cuerpo. Son códigos que, al repetir y performear, traemos en el cuerpo. Me interesa de qué maneras microscópicas podemos cambiar estas historias: desmantelar la rigidez del cuerpo y a la vez las injusticias que repetimos o perpetuamos sistémicamente. También por eso utilizo la mandarina. No sólo para hablar de ella como objeto y proceso –su ciclo de vida, su valor simbólico–, también porque en ella veo la posibilidad de transformación y maleabilidad.

Me traza un camino: de mandarina a mapa, de mapa a libro, de libro a biblioteca.
MSB: Si la mandarina es como un mapa, los mapas durante mucho tiempo han circulado en los atlas, mismos que se reunían en las bibliotecas. La biblioteca es un lugar que alberga el conocimiento y al mismo tiempo representa el poder. Por otro lado, en ella se deposita un ecosistema de deseos, afectos y ternura. Me pareció correcto que, para este proyecto, me enfocara en la biblioteca de la UNAM, que a su vez tiene representaciones de diferentes mapas en la fachada: mapas astrológicos de Copérnico y Ptolomeo, el mapa de Nuremberg, entre otros. Si todo el poder está concentrado en la palabra, el texto y lo oral, ¿qué poder tiene el cuerpo para desestabilizar ese espacio? En ese sentido, estoy haciendo varios ejercicios de relación entre la mandarina, mi cuerpo y la biblioteca. ¿Cómo encarnamos las estructuras de poder que nos atraviesan? ¿Cómo puede el cuerpo resistir, aunque sean resistencias pequeñas, las narrativas impuestas sobre nosotres? Por ejemplo, me ha sorprendido mucho cómo los alumnos usan la biblioteca para muchas cosas más allá de estudiar. Hay muchas parejitas y mucha gente durmiendo.
Aquí me emociono, porque yo también –en mis años universitarios– fui apasionada y somnolienta entre infinitos tomos de libros polvosos. No lo pensé como una resistencia en su momento y aprecio el revisionismo histórico que develan los ojos de Michelle. Si los centros de conocimiento son cada vez más inmateriales –nubes y servidores–, e inclusive la facultad de pensar es cada vez más delegada a las IAs que nos rodean, qué tanto más importante se vuelve el deseo por dormir y por conectar con otros cuerpos, por tener espacios público-privados que nos lo permitan.

Cual Américo Vespucio y el continente Americano, la idea del cansancio ya circundaba el interés de Michelle. Fue invitada a mediar la exposición Visiones difusas, que revisa la colección del museo Jumex a través del lente de lo onírico. Para este performance, titulado En este sueño ocurren otras cosas, Michelle establece un personaje: una trabajadora de oficina, perra y cansada. Lee un texto que comienza por decir Estoy entre el presente y los 70s –una dislocación temporal, quizás análoga a la dislocación geográfica que ahora explora– en donde describe las responsabilidades que la llevan al agotamiento. Como quien está dentro de un sueño, la ejecutiva acciona gestos extraños inspirados por diferentes piezas de la exposición.
MSB: En esta pieza me di cuenta que el cansancio está muy presente en mi vida, y cómo ese cansancio puede ser algo potente en el hacer. Estar cansada no está mal, aunque lo pensemos así dentro de nuestras vidas auto-explotadas. Para la pieza en la UNAM voy a hacer un personaje que es cercano a mí pero no soy yo, que usa el cansancio de su vida cotidiana para hablar de territorio, mapa y el poder que lo subyace.
Entiendo que para Michelle el sueño sea un contenedor; la lógica del sueño puede albergar una constelación de intereses sin tener que establecer un sólo camino de conexión entre una cosa y otra. Me llega una última imagen. Pienso en mi cuerpo, en todas nuestras cuerpas transitando esta gran urbe que amenaza con hundirse en las fauces de un lago ancestral, al mismo que tiempo que se seca y se craquela, a la par que desaparece nuestros cuerpos en sótanos y hospeda mundiales en donde miles de personas se desplazaran, como mandarinas en un mapa, de todos los gajos del cuerpo-esférico-mundo hasta acá, donde está Michelle, cansada, gozosa y lista para acuerpar todo lo que sabemos decir pero no sentir.
Publicado el 7 jun 2026