Reseña
por Lia Quezada
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La obra de Antonia Alarcón tiene que ver con la añoranza —levantar la vista y no encontrar la cordillera andina—, pero también con la angustia, específicamente aquella relacionada con la “solastalgia”: el estrés causado por el deterioro ambiental y la sensación de pérdida ante cambios irreversibles en el territorio. Hace dos años presentó Con mi dedo trazo el camino del agua en el Museo de Arte Carrillo Gil, el resultado —o más bien, el proceso— de una investigación sobre las especies humanas y no humanas que atraviesan el desierto del norte de México, ignorando las líneas impuestas por los estados-nación. Recuerdo que había petates para sentarse en el piso, cojines y piedras con palabras talladas; que los tonos rojizos y púrpuras de los bordados nos hicieron pensar en cicatrices.
De cierta forma, Había olvidado cómo se veía el horizonte perdiéndose en el cielo, su exposición actual en Servidor Local, es el reverso de ese ejercicio: presenta una serie de bordados sobre flores y cuerpos de agua, tomando inspiración de un viaje al Amazonas, territorio que es compartido por nueve países sin divisiones físicas. En el texto curatorial, Mónica Nepote —una combinación afortunada— pregunta: “las manos de Antonia, ¿bordan, dibujan, escriben?”. Cada pieza, respondería, añade verbos a la lista.
Las manos de Antonia recolectan. Una pared —la “fibroteca”— expone piezas y tejidos realizados por ella o recolectados en sus viajes por Sudamérica: algodones endémicos, matas de su cabello, cestos de yute, figuras talladas en madera. Hay dos tejidos cuya forma parece intencional, pero no reconozco; resulta que son el Lago de Texcoco (tejido en crochet con chambira del Amazonas colombiano), el Lago de Chalco (con cola de caballo recolectada en Milpa Alta) y la Laguna de San Gregorio Atlalpulco (con mimbre).
Al tomar materiales de un territorio para representar los paisajes de otro, Antonia subraya las afinidades que persisten más allá de la distancia geográfica. Le interesan las correspondencias y todo aquello que esquiva la frontera: las herramientas que aparecen en distintas culturas, las prácticas y significados compartidos entre especies. Existen cientos de casos de “biomimetismo” —la tercera palabra que aprendo de ella—, como los bolsos antirrobos que imitan el diseño de los nidos de los pájaros tejedores. En Plegaria de petición al agua (2024), una de las piezas más conmovedoras de la exposición, se lee el permiso que le pide “no a la nación, primero al ejido” para recolectar plantas a la orilla de laguna de San Gregorio Atlapulco. “¿Por qué el agua no tiene derecho sobre su cuerpo?”, pregunta. “Será que el agua es mujer”.
Las manos de Antonia hacen. Más que una artista contemporánea, se concibe como una trabajadora de los materiales; su práctica, dice, consiste en poner las condiciones para que una planta exprese su pigmento. Otro de los conceptos centrales —es una artista “altamente conceptual”, en el sentido más estricto del término— es la soberanía material: la capacidad de hacerse de sus propios medios y herramientas. Los textiles de sus bordados, incluyendo los hilos, fueron teñidos por ella con tintes elaborados a partir de aserrín de carpinterías, flores y hojas.
Las manos de Antonia, concluiría, comparten. Del 9 de agosto al 4 de octubre, la planta baja de Servidor Local se presta al anhelo de una excursión escolar a un museo: objetos curiosos sobre paredes color gris oscuro, una biblioteca, material didáctico, tienda de regalos —con piezas de Carla Hernández, Alexandra Buitrón y Nicolás Pradilla, colaboradores de la exposición— y hasta una actividad para llevar a casa.
Publicado el 29 agosto 2025